Prefacio de aquel que fue desgraciado;
El color de los Naipes
Se hacen remolinos con los gritos, que se concentran luego en silencios de oscuridad. Remolinos de gritos justo a su espalda, y pasos acelerados guiados por el miedo.
- ¡No se quede ahí sentado! - el aludido estaba sentado tranquilamente en un sillón de tercipelo rojo sobre una pequeña mesita de madera donde reposaban unos naipes - ¡Tenemos que escapar!
Pasos que se alejan y que pararon súbitamente. Antes un grito de animal moribundo proferido por una garganta humana desgarrada por el miedo.
Solitario...
As de corazones. El resto de corazones estaban negros por haber sido tocados por la muerte y aunque aún el suyo era rojo, no iba a tardar en desteñir.
Solitario...
Seis de rombos. Puñales. Puñales ya saciados y acostumbrados ya que lucían un permanente rojo, pero un rojo antiguo y menos aterrador. Antiguo, aterrador y cruel por naturaleza.
Solitario...
As de picas manchado de... rojo... la única pica, el único soldado que quedaba en pie, y que a pesar de ello, estaba manchado de un rojo fresco, fresco. Un soldado herido, sentado en un sillón y jugando naipes.
Solitario...
Rey de tréboles carmesí. Un rey que había tenido la suerte del trébol de cuatro hojas pero cuya jugada había volteado de tal manera que estaba sumido en sangre tanto suya como ajena.
Solitario, porque no había otro remedio.
Realmente prefería el Póker.
Poco a poco, el orden ascendente de las cartas comenzaba a completarse ajeno a todo lo que aconteciese. Pasara lo que pasara el espectáculo debía continuar incluso si el artista era ejecutado.
- Esta partida no termina - una de las columnas estaba completa, y le había llevado poco tiempo - Quizás en la siguiente mano.
Y jugó la siguiente mano, sin perder la calma. Consiguió completar de nuevo otra columna.
- Sigo con vida.
El ocupante del sillón se levantó pero no profirió en alegría como hubiera hecho un preso que se libraba de la horca.
Unos pasos entre temeresos y serenos, se acercaron a la puerta y, tras abrirla, la mansión mostró el silencio. Silencio de sepulcro, silencio de ausencia.
- Si se acabó todo... ¿por qué sigo aquí?
Eso no tenía importancia.
Decidió corregir la pregunta.
- ¿Por qué sigo vivo si todo a acabado?
Como es lógico, nadie le respondió.
